Las tardes, cuando se anda en lozanía, son un breve paréntesis antes del tedio de la noche, y las noches, entonces, son para dormir. No es, este, el caso de Valienti, un hombre anciano ya, que ve transcurrir el amarillo y el escarlata hasta la ceguera casi unánime. Todo desde un banquito de una plaza. La contingencia lo llevó a una plaza en particular y la indiferencia a no valorar esa plaza por sobre todas las otras plazas. Suspira hondamente, y con el pecho inflado deja salir el aire, mirando la última luz; el día. Gustaría de ver el mar, nacimiento de filosofías, aunque sobre todo escuchar su inconstancia feroz propia de leones. Pero está en el banco de una plaza.
La noche entera, la esperada, le da el mar y los leones, también el amarillo y su mujer.
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