La cola para la compra de tarjetas para el colectivo la formaban un conjunto de gentes de diversas posturas, entre ellos un hombre de edad, vestido con ropa pero ropa vieja, descolorido el negro y una barba inconstante de a mechones le salía desde cachetes y por sobre la boca unos bigotes prominentes, además acompañaban al hombre dos señoras vestidas con ropas que le daban la apariencia de dos pingüinos, cosa que ratificaba su apariencia era sus miradas que se dirijían redundantemente hacia los pies o alguna zona baja del hombre que esperaba en la cola mientras se tocaba con su mano el bigote, estirándolo. El problema fue que el hombre ejercía la espera a un costado de la cola y esto, dado que las gentes, en meticulosa apreciación de mi parte, están acostumbradas y por eso protestan cuando no sucede la fila perfecta de esperar según las buenas costumbre: espalda con pecho en una sucesión terminable en el último integrante del conjunto. Al esperar el hombre a un lado y al estar las señoras mirando de esa forma interrogativa y altanera se produjo el incidente convulsivo. Una señora con un bebé en brazos se mandó por detrás del señor a lo que las señoras replicaron con gestos bamboleantes que yo no entendí muy bien por la acción en si misma sino que derivé del contexto que se trataría de un comunicado por respetar la fila que se volvía imperfecta. A esto le respondió hombre vestido de mecánico que él estaba antes que las dos señoras bien-vestidas-de-ropas. Fue la respuesta del guardia blanco en ropas de seguridad que invocó el orden y ubicó a cada persona en su correspondiente lugar, que al no haber quejas yo supuse estuvo en la correcta interpretación del fenómeno.
El guardia era reactivo al problema ya manifiesto y por eso no advirtió que se gestaba un caos nuevamente. Para adelantarse al desastre había que mirar los pies, que indicaban la primera intención, mirarlos directamente y fijamente, no como el mirar de los pingüinos que se confundía con una comunicación para-denigrar. Noté cómo los pingüinos se pegaron al hombre de adelante tanto que el hombre sintió un respirar frío aletargado y continuo, propio de las almas que se preocupan por un orden inexistente, el hombre mientras seguía a un costado de la cola interpretaba otra lengua y la respetaba, era coherente con su código, y suave aunque intensamente deslizaba sus dedos a modo de pinza por los bigotes, no le alcanzaba esto y saco su otra mano del bolsillo y la introdujo en el juego acariciando los rebeldes pelos de su barba a-informada. No se si daba rabia, angustia, pesar, ignominia o algo mas simple, a las viejas de bien buen vestir pero trataban la lengua (el código) del hombre que se acaricia la barba y el bigote, de la forma más antagónica, entonces ellas procuraban ni tocarse ninguna parte de sus cuerpos y abrían los brazo a cuarentaicinco grados de su torso y sus piernas aunque juntos no se tocaban, tampoco los pantalones azules que querían demostrar una sencillez que no existe entre los humanos un naturalidad que se trata de poner en evidencia y algunos la creen y entonces ya no se puede creer en el acto-en-si-mismo porque hay todo un recorrido de hacer creer y de creer. Esa naturalidad azul en pantalones era para mí de la naturaleza más cínica, del goce más auténtico. Al avanzar de la cola le vino la seguidilla hormigeante de pies buscantes, se entorpecía el humano al lado del humano, le estorbaba a la señora con el bebé hasta su propio bebé, le molestaba al guardia tener que pedir por el orden nuevamente pero lo hizo y esta vez de un modo más autoritario, como si lo que sufriera con cada desvío de la masa fuese su alma, como si el sintiera todas las angustias, así clamó por un orden que el deseaba. Pidió por el buen razonamiento y por la paciencia, maxime urgente en una cola para comprar tarjetas magnéticas. Los integrantes de esta cola se acomodaron al unísono, menos el hombre que se acaricia barba y bigote que por mas que respetara la latitud de la cola en longitud estaba desplazado unos grados hacia mi. Yo lo miré con detenimiento y el no me vió y no trascendió mi mirar en su cuerpo que siguió respetando su lengua, de pie, como hacen los hombres, y acariciando las barbas como lo debe haber hecho Sócrates. Era parecido al busto de ese. Su pantalón estaba pasando la línea donde se supone el ombligo y su remera negra desteñida estaba por dentro de los pantalones, en los pies, medias y las medias apoyando en sandalias de tiras en cuatro direcciones. Su cadera quebrada para un lado.
¿Cómo defender la lengua?. Primero habría que ratificar la existencia de un fenómeno tal. Digamos…¿es posible defender una lengua?. De qué habría que defenderla. Quizás de una invasión, ante una inquisición por la forma de expresión oral que tiene una persona, esa persona de orgullo por sus raíces comienza la defensa, enalteciendo su lengua para que esta no caiga en el olvido. Entonces digamos que sea la circunstancia que sea, la defensa es frente al olvido. Ya sea el hombre en el banco o los españoles en Barcelona el hombre o la población entera se defiende del olvido. La diferencia entre hombre y población es fundamentalmente la diferencia en la clase de defensa que se puede ejercer desde uno o desde otro territorio. Mientras el hombre tiene que encerrarse en sí mismo es la población un órgano dinámico con posibilidades de una defensa real. Y en el caso de una lengua la única defensa posible es en contacto con otros hablantes porque ya sea una ideología no reducida a la letra, cosa difícil, siempre se necesitara del acto de hablar, para que el olvido con su negrura y su espesa niebla que todo lo nubla, no gane la batalla. ¿Es el olvido la muerta inmortal?, esa congruencia no la ratifico aún, pero es la lengua la defensa.
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