Cuando empecé a escribir, no sabía escribir, como tampoco se ahora, pero escribía por todos lados, sobre los muebles en las paredes, en la piel, con lápiz birome. Era como dibujar frases que se me ocurríande repente como rayo literario y que venían con la urgencia de ser llevada a un lugar quieto. A la letra los llevaba con ensimismamiento de mi todo ser y escribía entonces con fervoroso hambre, con palma de niño que crece, con pulso inquieto. Por fortuna mi madre borraba todo lo que yo escribía, sino seguramente hubiese abandonado la escritura por verguenza de leerme.
El moroso escribir nunca lo pude hasta ahora llevar. Digo el de novelas y cuentos largísimos. Siempre fui a lo fugaz y a lo que no tiene final. Con el mismo ímpetu que de chico me hacía escribir leyendas reducidas ahora leo miro y contemplo el mundo con este monóculo de lo fugaz, este sin cristal de la burla ramonciana. Lo miro así cuando ando en buenas porque en otras ocaciones adviene como el paraguas con la lluvia una mirada oscura, como de encierro en dromedario.
Un día había comenzado a escribir en sospechosa actitud prolífica y dado ese comienzo no pude terminar de decir lo que me planteaba decir. Es así como ya mi habitación quedó chica y tuve que salir a escribir los muros del Mundo. Esos infinitos que en mi mocedad podrían perderse en una mujer para carta bonita que dispare una sonrisa de: no se que quiso decir pero me gustó este error ortográfico, fue tan cándido. Ahora más venido en crecimiento de un cuarto de siglo esos muros del Mundo siguen infinitos y si miro para atrás también los veo intactos. ¿Pero acaso mi codo tiene gomma de borrar prominente y mi mano no nota que toda nota es en vano?. ¿Acaso fue un sueño, esto de la escritura?. Es que los muros del Mundo tienen esa fugacidad de lluvias, esa indiferencia de ciencia. La inquietud mía fue a parar a más y más escrituras inocuas, mentirosas y pocas veces fantásticas, juntadas en carpetas rotuladas con nombres de períodos, o ciclos cronológicos, o un posible libro, o cartas para Dios.
La ciudad, el mundo, la toda realidad nunca asequible, es tan escribible, tan río bajando y bajando. Creo que el motor de mi escritura es el río. Si, ahora que lo pienso, creo que le debo esto que no puedo decir de otra forma sino escritura al río Paraná, al río caudaloso, a las riberas incongruentes. Una vez para saciar el intríngulis me puse a leer un libro de un autor de la zona, sobre el río. Vaya desilusión la mía, al leer cómo trataban al Paraná como río de infancia, de recuerdos, de imagen difusa que se solapa con aquella de un hedor o de un magnánimo gerente que cuando uno fue niño causaba impresiones de generosidad y famillionaridad. El recuerdo es así, nunca se puede saber muchas cosas con certeza. La certeza se encuentra con mayor o menor cuota de engaño pero siemrpe hay en ella un espejo que muestra, una psiquis (espejo). Por eso el Paraná yo no lo veo, lo escucho, a su corazón oculto, a su erótico marrón. Que lógico sería el Paraná si fuese clarito como dicen que es en Corrientes, en cambio acá...
!Ir en prosa es como caminar!. Los brazos parecen inocuos pero ellos juntan las palabras, de a manotasos y con encomio. A ellos y a los pies que son como novios eternos.
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