¿Cuál es el soga hilarante que roza nuestros interiores?. Que clase de metáfora rudimentaria es esta? ¿Cuando es recorrido, en caso de aceptar la veracidad de la soga, es el fin? ¿Cuál es el fin concreto de una vida representada por un hilo interior? Primero me cabe citar la referencia de la soga, que me agrada más pensar como hilo. Es un poema de Cesar Vallejo. La rosa blanca, creo se llama, está en los heraldos negros. Es ese hilo el das Ding de Lacan, y de Freud. Es acaso tan abstracto que dice poco. No es la cosa en si, porque como bien dice Vallejo este hilo es patético, es para nada redundante, aunque no es nada. ¿Que es la nada? Definámosla por su contrario y, digamos la ausencia de todo. Acaso no se le ocurre, escriba del escritor, un proceder distinto del dialéctico. He aquí con ustedes la síntesis, la que engloba ………
Acaso todo este definido por un imposible, que no hace más que hacer todo posible. Una mueca de espanto ante el vértigo que prodúceme la nada. ¿Qué concibo después de mi no ser en este mundo siempre existente? ¿Qué respuesta, que no sea Dios debo plantear en el momento en que el televisor, no solamente está apagado, sino que no hay nadie que mire el televisor apagado? Esto es ambiguo, por un lado ofrece a la desesperación temerosa y no muy válida de anticiparse a algo que nunca ocurrirá. Nunca ocurrirá, porque por más convaleciente, y he aquí que se abre paso la segunda propuesta, que es de por si más válida, que uno se halle, uno no puede nombrarse muerto. ¡Que divergencia prolija! Pero ahora heme reflexionando un poco mas de los límites, y doy con la pregunta: ¿Y usted escriba de escritor que sabe sobre la veracidad de su suposición? Quizá una vez muerto uno se nombre: he ahí la religiosidad, que se parece más al espanto de ver por el resto de la eternidad, o sea el no tiempo, la no existencia. ¡Que horror! Cuanto temor me provoca la idea de Dios, y de que exista una cosa tan maligna de entregarme a la contemplación de una vida por siempre. Y estaré en ese lugar supuesto que los creyentes masoquistas, llaman paraíso, y miraré mi muerte, y la nombraré y me sabré muerto, y seré como un enterrado vivo, en un ataúd con espejos. ¡Terrible!
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