Cuando la lluvia se larga y me encuentra en la calle deprovisto y expuesto no me queda otra que observar la conducta de los mas organizados, de aquellos que antes de salir de la casa ven al cielo, no para observar su maravilla lejana, sino para cargar el paraguas. Les gusta salir a la calle con el paraguas bajo el brazo, les da una sensación de conformidad y de sosiego con el futuro, cual dioses ellos deciden cuando es nesario abrir el paraguas y ahí están libres del agua, llenos de alegría, al caminar pueden fumar, pueden contar los billetes, yo en cambio estoy bajo techo mirando cómo los paraguas van y vienen, se rozan, acarician sus dedos los dedos vecinos, y los dueños de ellos poco a poco van perdiendo la humanidad que les quedaba y ya no se fijan en el afuera y poseídos en sus cápsulas indiferentes al desposeído de paraguas, no lo ven, no les interesa si al momento de pasar por debajo de un techo protector, viene de frente un desposeído de paraguas, ellos eligen indistintamente pasar por dentro, y el desposeído lo siente como una pereza, un ligero puñal, un leve recorrido del agua por el techo con su barro cayéndole enchastrándo su ropa ya sucia.
Los caminantes con paraguas son previsores, y no les gusta que sus destinos se vean modificados por condiciones externas. Una vez le comenté a un gente que yo había salido a pagar unos impuestos y al agarrarme la lluvia me tuve que internar en un bar a leer el diario y a tomar café y que al final, como aquella vez fue una de esas que pareciera que no va a parar de caer agua, no pude pagar los impuestos. Se sorprendió mucho y con voz escurridiza soltó las palabras terribles
_:Y como no te fijaste cómo estaba el día?
Yo le di la razón y le dije que era medio distraído para algunas cosas, pero por miedo a que me clasifique de irresponsable o algo por el estilo le dije que siempre me fijaba pero que aquella vez algo hizo que no me fijara. Absurdamente respondí pero conformó al previsor gente.
Entonces de tanta prevenir suceden los accidentes que yo veo desde mi mirada bajo el techo de algún hotel, o de algún bar digno y considerado con los desposeídos, esos accidentes brutales que terminan sin terminar en puteadas eternas de caminantes que se alejan con sus paraguas siempre erectos y protegiendo. Pasó que el caminante uno venia en dirección este-oeste y el caminante dos venía con rumbo fijo por la misma vereda que caminante uno y con dirección opuesta (oeste-este). Venían concentrados en su distracción y los paraguas erectos pero un poco inclinados, pienso esto pudo provocar el accidente, porque entonces justo al momento del cruce milimétrico sucede que no hay correrse a un lado ni dar una vuelta en cientoochenta grados y cambiar de rumbo, ni bailar una rumba, no paso nada, solo el acciedente, que fue un choque contundente entre paraguas primero y entre cuerpos después. No se fijaron contra que chocaron y lo que podría haber sido un café entre ambos para explicarse el infortunio terminó sin terminar en un caminar puteante para con el otro caminante puteante. Esa vez fue igual que la otra vez, no siempre que llovió paró.
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3 comentarios:
Tal vez se trate, sin llegar a la parábola del prójimo, de poder de una vez mirar al otro (gentes), cercanos, indiferentes y encontrarlos-encontrarnos, de pensar que es lo que aborrecemos, de pensar quien me dio a mi "el lujo de ser mejor que los demas"....y conocernos en el camino...
Me gusta lo que escribis, me identifico mucho con lo que leo acá, digamos, en esta cotidianeidad de sensaciones, en el modo de aprehenderlas
me hizo acordar a rayuela "y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."
esta buenisimo este cuento/relato/reflexion
saludos
flor
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